Los aguadores de Madrid, el oficio olvidado que transformó la alcazaba militar en urbe moderna


“Fui edificada sobre el agua, mis muros de fuego son. Esta es mi insignia y mi blasón”. La Madrid árabe del siglo XII, Mayrit, ya se proclamaba como un lugar que escondía valiosos tesoros: sus recursos hídricos. Ese primer asentamiento a la ribera del Manzanares, levantada como atalaya para vigilar posibles incursiones cristianas provenientes de la Sierra de Guadarrama, custodia bajo su suelo enormes acuíferos y grandes depósitos, que aún hoy se utilizan en caso de intensas sequías. De momento, no parece que vaya a ser necesario recurrir al subsuelo en busca del vital elemento, tras las constantes lluvias de los meses de invierno, de modo que será cuestión de seguir confiando en la potente gestión que lleva el agua a nuestras casas.

Aun así, detengámonos un segundo en el gesto sencillo que realizamos a diario: abrimos el grifo y se obra el milagro. Sin embargo, no siempre fue así. Nos encontramos ante un acontecimiento excepcional de nuestra historia reciente. Por tanto, se plantea un enigma ante nosotros: ¿quién se ocupaba de la distribución del agua, antes de que apareciera el famoso Canal de Isabel II? Aprovechando la ocasión, vamos a adentrarnos en conocer el oficio de aguador, labor esencial, pero invisibilizada, sin la cual no se entendería el desarrollo urbano de Madrid a lo largo de su historia.

Los aguadores tenían su antecedente más inmediato en los azacanes árabes, que porteaban el agua con carretilla o mulo por los pueblos y ciudades de la península. Cargaban el agua en grandes serones o utilizando angarillas (andas de madera que se cargaban sobre el animal de tiro o, en su defecto, llevadas a pulso para transportar grandes vasijas), con las que recorrían las calles llevando agua a los vecinos.

Oficio con estatutos propios

Es importante resaltar que el gremio de aguadores estuvo regulado casi desde el principio. Hay que entenderlo en el contexto de una ciudad, Madrid, que estaba creciendo exponencialmente, y aún más desde que Felipe II decidió convertirla en capital del imperio y centro de poder. Por tanto, existe una verdadera necesidad de suministrar agua en viviendas, comercios, tabernas, fondas, acuartelamientos... Para este cometido, los porteadores se convirtieron en la red encargada de distribuir este bien preciado por cada uno de los rincones de la ciudad.

Existen registros de la normativa instaurada para gestionar este servicio público. Por ejemplo, en un Concejo del año 1500 se establecen una serie de normas y sanciones a los aguadores de Madrid. Entre el reglamento, se indicaba que cada aguador tendría un número de licencia, una cantidad máxima de litros de agua que podía portear en cada trayecto (se permitían cinco azumbres, cada azumbre correspondía aproximadamente a dos litros de agua), también tenía asignada una fuente pública (podía haber más de un aguador en cada fuente), además de la obligación de ceder el suministro libremente a los vecinos de la zona.

El oficio de aguador era una labor muy dura. Había que estar en buena condición física para cargar las vasijas, moverlas, arrastrarlas, cargarlas y descargarlas hasta las casas de la gente. Si lo pensamos, los accidentes en aquella época debían de ser muy frecuentes, por la gran aglomeración de personas en una urbe que crecía rápidamente y donde las posibilidades de vivienda eran escasas y muy precarias. El edicto mandataba que “los aguadores no vayan corriendo con los asnos, porque acaece topar y derribar muchas personas y hacer mucho daño, so pena de estar 10 días en la cadena”.

El aguador trabajaba unos dos o tres años y, posteriormente, se retiraba a descansar o volvía a su pueblo durante un año para retomarlo por un periodo de un año o dos más como máximo. Un tropiezo repentino o una lesión importante, obligaba al aguador a dejar el trabajo y a ceder su puesto.

Trifulcas y mercadeo “picaresco”

Entre las obligaciones que tenía el aguador en servicio se encontraba la de asistir allá donde se originaran incendios, muy frecuentes en la época, «so pena de 10 ducados primera ausencia, retirada de licencia en la segunda», establecía el edicto. La licencia que se le otorgaba era personal y no se permitía su venta, cambio o cesión a terceros, pero estas normas también fueron incumplidas. Saltarse la norma era una práctica generalizada en aquel Madrid pícaro. Por consiguiente, eran comunes los numerosos incendios en edificaciones, ante la ausencia de efectivos suficientes de aguadores, que se ausentaban de su labor en la zona o que habían abandonado la ciudad sin avisar.

También fue muy generalizado el continuo mercadeo de licencias, algo a lo que las autoridades intentaban poner freno con sanciones más severas y estableciendo un control de cada fuente pública, a través del nombramiento de un alguacil. Esta figura vigilaba el correcto reparto de los caños de las fuentes, ya que eran constantes las trifulcas entre aguadores o las protestas de los vecinos contra aquellos, por el tiempo que pasaban rellenando sus recipientes, obligando a los vecinos a esperar largas colas hasta poder llenar sus vasijas.

Una ciudad en crecimiento

A lo largo de los siglos, el número de aguadores en Madrid fue variando, pero su máximo auge se produjo en el siglo XVIII, donde llegó a contarse con cerca de 2.000. La fuente que contaba con mayor número de porteadores fue la de Puerta Cerrada (142 aguadores), otras plazas importantes fueron también la Puerta del Sol (88), la Plaza de la Villa (55), la Puerta de Moros (53) o La Cibeles (34).

El oficio contaba con una jerarquía. Existían rangos. Dentro de los aguadores podemos extraer tres perfiles: los chirriones (transportaban las cubas de agua en carros tirados por mulos o burros); los cantareros de azacán (portaban entre cuatro o seis vasijas y las llevaban como sus antepasados, los azacanes árabes, en serones sobre un burro), y, por último, los aguadores de cántaro, que cargaban con las grandes vasijas y las llevaban sobre la cabeza, la espalda o a los hombros. Estos eran los encargados, por ejemplo, de llegar a los diferentes pisos de las casas o de las corralas de vecinos, para lo cual se requería un gran esfuerzo físico y gran habilidad para aguantar el peso del recipiente. Habría una cuarta categoría que añadir, donde se incluirían las mujeres y niños. Si bien es minoritario su papel como aguadores, hay constancia de que existieron mujeres aguadoras en muchas épocas. Mujeres y niños solían faenar en días de gran demanda (procesiones, festivos, incendios…).

Hay que recordar que Madrid no contaba con ningún tipo de asfalto; las calles eran de tierra y al paso de carros, animales o paseantes, se elevaban nubes de polvo que resecaban la garganta, nariz y ojos de los que por allí pasaran. Imaginemos en el riguroso calor de un verano en la Villa, en época de los Austrias o en tiempos de Fernando VII, un cazo de agua o un sorbo a cualquier cuenco de hojalata era un néctar preciado, que aliviaba las inclemencias del clima y de la falta de agua directa en las casas de la capital.

El ocaso de un gremio

En el siglo XIX, el Negociado de Aguadores impondría unas nuevas normas para acceder al oficio y castigar el mercadeo sin límites de las licencias. Entre los requisitos para formar parte de los aguadores del ayuntamiento se disponía: ser español, nacido de matrimonio legítimo, tener 18 años cumplidos y prueba de buena conducta moral. Los aguadores empezaron a llevar uniforme distintivo (chaqueta abotonada con el distintivo del ayuntamiento bordado, junto a una gorra de fieltro con visera, que mostraba el número de la fuente asignada). Los cabezaleros (encargados de supervisar y dar parte al alguacil) comprobaban que llevaban correctamente el uniforme y estaban aseados y peinados. El sueldo medio en el primer cuarto del siglo XIX para un aguador era de ocho reales al día.

Tendríamos que esperar hasta el 18 de junio de 1851 para la creación del Canal de Isabel II, para que las aguas del río Lozoya empezaran a llegar a las viviendas y a las zonas públicas de Madrid, un antes y un después que mejoró notablemente las condiciones de salubridad e higiene de la ciudad. Las calles estaban más limpias, la gente comenzaba a contar con agua con más facilidad y el oficio de aguador, necesario hasta entonces para alcanzar ese nivel de progreso técnico y social, empezó su ocaso, hasta prácticamente extinguirse del esquema urbano.

La Historia contiene episodios fascinantes. Un simple gesto del presente es una verdadera proeza resultado de un pasado muchas veces desconocido. Y el camino a las grandes revoluciones suele estar compuesto de nombres propios, aunque la gran mayoría no figuran en las crónicas de los historiadores. Quizás es la ocasión oportuna para rendirles homenaje. Imaginar que en la simpleza de abrir la llave de paso en 2026 se encuentre la biografía de una mujer o un hombre, aguadores del Madrid de hace dos siglos, que llevando grandes vasijas de agua a las que añadían un azucarillo o un chorreoncito de aguardiente para otorgarle algo de sabor, pregonaban a sus paisanos: “¡Agua! ¡Agua! ¿Quién quiere agua fresca?”.


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