“Los orígenes del barrio, con sus motines y tramas, darían para una serie tipo Peaky Blinders”

Carlos Hernández Quero, autor de una tesis sobre los orígenes y los conflictos sociales en Tetuán


Tetuanero orgulloso de varias generaciones, este doctor en Historia tardó cinco años en completar ‘El desborde de la ciudad liberal: cultura política y conflictos sociales en los suburbios de Madrid (1880-1930), una tesis que aborda los orígenes vecinales de Cuatro Caminos y Tetuán y que, según Carlos García-Alix, constituye una “investigación que nadie había emprendido sobre la historia de estas calles”. En sus casi 500 páginas se narra la forja de un barrio rebelde y contestatario que creció a espaldas de la ciudad y las autoridades, y a menudo enfrentado a estas.

La tesis se acerca a un periodo poco conocido de Cuatro Caminos y Tetuán, como son sus primeros 50 años.

Sí, los suburbios de Madrid en los años 20 y 30 fueron espacios calientes desde la óptica social, mi objetivo era entender cómo se había llegado ahí, porque no podía ser solo porque había muchos obreros en estas calles. Tuvo que haber algo más profundo, más cultural y con un proceso de formación lento y no premeditado, de cuyo poso luego pudieron beber obreros más concienciados, pero ese campo de batalla social y político empieza a gestarse las últimas décadas del XIX.

Y empieza de la mano de los “políticos de alcantarilla”, vecinos anónimos para la ciudad pero muy importantes en el barrio, de los que citas más de un centenar.

Gente como Canuto González, Francisco Ruiz o Pedro Moratilla significaron todo para sus vecinos, porque encabezaron reivindicaciones o motines que daban sentido a luchas colectivas… unos “políticos” que se parecían mucho más a sus vecinos que los líderes de la capital.

Entre todos destaca Canuto González, hilo conductor del estudio, y al frente de todo lo que se cocía en Cuatro Caminos a finales del XIX y principios del XX.

Canuto González fue un republicano federal que trabaja primero en la taberna de su suegro, como medidor del vino, en Bravo Murillo 72 y cuando prospera adquiere una finca en la esquina con Doctor Santero. Allí monta Villa Constancia, un gran merendero en el que se van a producir acontecimientos de gran calado en la historia política del momento, y donde Mateo Morral, el fallido magnicida de Alfonso XIII, se tomaría una cerveza con el tabernero y otros correligionarios antes de escapar de la ciudad.

Canuto tenía gran predicamento entre sus vecinos, por actuar siempre defendiendo sus intereses a la hora de demandar aquellos servicios que faltaban, que eran prácticamente todos. También se presentó a las elecciones y tuvo un resultado excepcional entre sus vecinos, que a su muerte le brindarían una enorme despedida con un entierro masivo que cruza la ciudad.

Otro “protagonista” de aquel tiempo fue el fielato de Cuatro Caminos, poco menos que “la bicha” para los vecinos.

Aunque Cuatro Caminos pertenecía a la ciudad, en realidad estaba fuera del diseño oficial, había unos fosos en lo que es hoy Reina Victoria y Raimundo Fernández Villaverde, y el único modo de acceder a la glorieta era pasar por esta aduana, que gravaba la entrada de mercancía y alimentos desde el exterior. A medida que el suburbio crece, la gente que entra para trabajar y lleva su almuerzo también tiene que pagar, lo que origina un sinfín de enfrentamientos con los vecinos, que se niegan a ser cacheados. Durante mucho tiempo esto deja un reguero de sangre y heridos considerable, y convierte al consumero, el guardián del fielato, en un enemigo público, debido a sus excesos. En 1901, tras el enésimo ataque injustificado, contra un vecino llamado Ciriaco Bartoli, que pasaba comiendo, se monta un motín fabuloso y se quema el fielato.

¿La falta de servicios y los atropellos reforzaron los lazos vecinales?

En la medida en que la ciudad les excluye y les deja sin servicios, y encima tienen que pagar, se va gestando un sentimiento de frontera, un movimiento identitario del propio vecindario, que con iniciativas de ayuda mutua van construyendo su espacio. Son ellos quienes trazan las calles, levantan sus casas, crean escuelas o realizan colectas y, como sucede en Tetuán, participan en el alcantarillado y la traída de aguas.

En su origen, Tetuán era un núcleo separado de Cuatro Caminos y creado en torno a las calles de Pensamiento, Lino o General Margallo. ¿Cómo eran allí los conflictos?

Aquí la gran pelea es de una facción importante de vecinos, ateos, republicanos y anarquistas, contra el catolicismo, y en particular contra la Compañía de Jesús, instalada con dos colegios en Chamartín –pueblo al que pertenecía Tetuán– y que acudía a la barriada para dar sermones y reconvenir los hábitos desordenados de sus habitantes. La pelea de los librepensadores es por conseguir que se instale un cementerio civil junto al religioso. Mientras, los religiosos organizan unas misiones en el barrio y se arman unas trifulcas impresionantes.

También cuentas un Tetuán como fragua o refugio de tramas terroristas y conexiones anarquistas internacionales…

La verdad es que estos barrios tendrían una serie del estilo Peaky Blinders (risas). A finales del XIX los madrileños pueden leer que, ese espacio casi desconocido que han visitado algún domingo para merendar, es no solo el corazón del anarquismo madrileño sino una conexión internacional de creación y distribución de propaganda, y transito y refugio de militantes. En 1893, tras un atentado fallido contra Cánovas del Castillo, la Policía resuelve que se ha preparado en casa de un vecino de Tetuán, y se va descubriendo material y un mapa mucho más amplio donde el anarquismo tiene una fuerza significativa. Además de Mateo Morral, a quien ayuda Isidro Ibarra, vecino de la calle de Almansa, vemos que Manuel Pardiñas, asesino de Canalejas, se esconde en casa de un pintor en Bellas Vistas, y años más tarde, los asesinos de Eduardo Dato también lo hacen en Cuatro Caminos.

¿De dónde nacía esa pulsión antiautoritaria?

Las relaciones entre autoridad y vecinos fueron siempre tirantes y se plasmaron sobre todo en el uso que se podían hacer de las calles, un espacio creado por los vecinos, al margen de normas. Cuando el barrio crece y la ciudad tiene que integrarlo, se extienden los raíles del tranvía, y llega la policía y aumenta la vigilancia, tienen que domesticarse prácticas que se habían convertido en leyes sobre el terreno, como el uso extenso de la calle para jugar, para ir por el centro, consumir alcohol o para la venta ambulante, cosas normales para ellos pero ahora perseguidas, lo que propicia un continuo enfrentamiento por hechos cotidianos.

Sobre ese lecho de descontento crece una animadversión a la policía, primero sin intencionalidad política pero que en los 30, cuando se hibrida con el anarquismo y comunismo, se convierte en un instrumento muy potente para el combate por las calles.

Ya en el XX, hay dos sucesos que marcan la capacidad de respuesta del barrio. Uno es el derrumbe del Tercer Depósito del Canal.

Es el accidente laboral más grande de la historia de Madrid. Se produce en 1905, cuando se hunde la techumbre que se estaba construyendo y cae sobre los trabajadores. Mata a más de 30 y deja inválidos y heridos a casi unas 100 personas, la mayor parte de las cuales vivían en Cuatro Caminos y en Tetuán. Tras el hundimiento, los vecinos tratan de bajar hasta la ciudad, y chocan con la policía en la glorieta, también con muertos, para exigir el luto colectivo, en los espacios de la alta sociedad y las redacciones, para que todo el mundo conociera la tragedia, de la que responsabilizan a la avaricia de los contratistas, que no habían protegido a los trabajadores.

El otro es la Huelga revolucionaria de agosto de 1917.

La primera huelga general revolucionaria se apaga en un día y medio en la ciudad, pero perdura cuatro o cinco en Vallecas, Carabanchel… y sobre todo en Cuatro Caminos, en cuya glorieta se llega a instalar un campamento militar, con ametralladora incluida y cargas de caballería. Enfrente, los vecinos organizan una sentada desafiante, un poco como defensa de la entrada de su casa. Durante esas jornadas hay disparos desde los balcones, un intento de toma de las cocheras, varias víctimas mortales y un montón de heridos. Pero sobre todo queda por siempre con un significado especial para el movimiento obrero madrileño, y en los 30 seguirán las menciones a los excesos de los militares y a los heroicos resistentes, muchos de los cuales tenían simpatías anarquistas o socialistas. Esas corrientes luego alcanzarían un peso mayor, pero por entonces no es tanto que muchos vecinos fueran firmes creyentes en la doctrina anarquista, sino que el anarquismo se adaptaba perfectamente a sus creencias naturales, a partir de sus vidas en el barrio.


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