Barro, tabernas y futuro: así era Tetuán de las Victorias hace 100 años

Un reportaje publicado en la revista 'La Voz' en 1926 narra el desarrollo de la antigua barriada


El Tetuán actual es un distrito heterogéneo y moderno, plenamente integrado en la almendra central madrileña y perteneciente a la capital desde hace más de siete décadas. Una situación que nada tiene que ver con la que tenía hace un siglo, cuando apenas era una barriada suburbial y dependiente del municipio de Chamartín de la Rosa.

¿Cómo era aquel Tetuán de las Victorias de hace 100 años? El periodista y político Benito Artigas Arpón publicó el 2 de enero de 1926 en el vespertino La Voz un reportaje sobre el ambiente y las costumbres de un barrio que aún no había acabado de fundirse con el de Cuatro Caminos –ambos conforman hoy el distrito, tal y como lo conocemos–, pero que ya llamaba a las puertas de su necesaria anexión con la capital. «Tetuán se separa nada más de Madrid por una línea fiscal para los Consumos», indica Artigas, en alusión al fielato instalado para el cobro de tasas sobre las mercancías que entraban a la ciudad.

Sin embargo, las diferencias entre las dos barriadas se hacen palpables desde el inicio del texto, que arranca con el periodista bajándose en la estación de Metro de Cuatro Caminos, inaugurada siete años antes. Allí toma un tranvía para subir por Bravo Murillo, un trayecto «luminoso» tanto por las farolas municipales como por la «muchedumbre de focos» de «las vitrinas de las tiendas, incesantes e interminables», que atraen a la «multitud que deambula por la acera».

Parte de ese régimen luminoso llega de los denominados «bodegones de puntapié», puestos ambulantes de comida y bebida que se instalaban en las esquinas más transitadas, «con su variedad de productos: cortezas de cerdo asadas, frutas verdes y secas, turrones y otras confituras».

De la luz a la “profunda oscuridad”

Al llegar a Estrecho, el tranvía se cruza con otro procedente de la Dehesa de la Villa y, poco después, llega el contraste: «En la conjunción de las calles de Prim [actual Tablada, donde comenzaba propiamente el barrio] y O’Donnell [tramo final de Bravo Murillo] nos sumergimos súbitamente en una profunda obscuridad. ¿Qué ha pasado?», se pregunta el plumilla. «Hemos entrado en Tetuán de las Victorias».

Sigue el periodista: «Sumergidos en el seno de las tinieblas, logramos poco a poco ir perfilando cosas y personas. Estas, muy escasas, marchan en direcciones encontradas; pero todas pasito a pasito, entre los que intercalan largas zancadas, posan con precaución los pies y álzanlos luego, desmesuradamente». Un curioso modo de caminar que tiene su explicación en el barro que todo lo asola. «Ni siquiera ha tenido la suerte Tetuán de las Victorias de que la Dirección de Obras Públicas adoquine con granito o basalto la carretera, como ha hecho en el Puente de Vallecas. Igual que las restantes calles de la importante barriada, la carretera es franja de fango ligeramente panda [poco profunda]».

A diferencia de Cuatro Caminos, el «desfile de sombras» es aquí ya «poco nutrido», y las tenues luces que hay alumbran «débilmente» algunas tabernas frente a la plaza de toros, donde «innumerables mesas esperan a clientes que no han de llegar».

Una taberna frente a la Plaza de Toros

Nuestro protagonista entra, no obstante, en una de ellas, donde se desarrolla una escena costumbrista: «Un barquillero montañés nos ofrece con gesto pícaro su mercancía; un dependiente, el único, fajado en su delantal a listas azules y blancas, nos toma el pedido; lo sirve y retoma, tras el mostrador, el bostezo que ahogó cuando nosotros llegamos; un cliente va del mostrador a la puerta, y alguna vez, de regreso, consume una ‘limpia’ de clarete. A poco, otro parroquiano se interna despacio, haciendo equilibrios, acaso porque ya lleva el barro en la cabeza. El recién llegado se encara con el barquillero, pierde un disco de cobre al ‘clavo’ y después se gana algunos barquillos. Se los hace contar, los cuenta a su vez, los recuenta, pide el contraste del cliente que, no obstante su movimiento continuo, presta atención a la jugada, y se aleja, oscilante con su ganancia, igual que entró, como si tuviera esparavanes, como si siguiese pisando sobre barro».

El reportaje también se detiene en una «obra descollante» de aquel Tetuán, el Hospital del Rey para infecciosos, por entonces «enclavado en el límite de Chamartín», rodeado por el Parque de La Ventilla, y donde hoy se ubica el Hospital Carlos III, en el distrito de Fuencarral-El Pardo.

A partir de aquí, el narrador hace una descripción demográfica y comercial del Tetuán de las Victorias de aquellos años 20, que “comenzó a ser construido en conmemoración de la guerra del 60” y cuyas casas se habían dedicado «especialmente a tiendas y merenderos». Y añade: «Sirve a los madrileños para su solaz». La barriada fue cobrando importancia casi desde sus inicios dentro del municipio de Chamartín, como prueba que ya en 1880 se acordara el traslado de todas las dependencias municipales a una casa de dos plantas en la calle de Tetuán –hoy, Roble–, mucho antes de que se construyera el edificio que alberga actualmente la Junta de Distrito.

A mediados de los años 20, dicho crecimiento comenzaba a verse bloqueado entre el propio Chamartín y la capital, a la que Tetuán, «una barriada muy populosa», ya se hallaba entonces «unida sin solución de continuidad». De los 32.792 habitantes chamartineros, 25.000 correspondían al barrio.

Obreros, traperos y comerciantes

En cuanto a su actividad económica, el periodista destaca el comercio de la zona –«hay muchas tabernas. La industria es algo precaria: algunas tenerías, varios tejares»– y, con especial mención, la carretería. «Alcanzan los carros en Tetuán la cifra de 800, de los cuales, 700 pertenecen a traperos, están dedicados a la busca de basura en Madrid; esas basuras son transportadas al domicilio de dichos modestos industriales; allí se hace la separación de los despojos, para aplicarlos a la cría del cerdo doméstico, y los residuos son vendidos a las traperías». Una industria que «entretiene a 700 familias, principalmente establecidas en el barrio llamado de la Carolina», y que define metafóricamente como «cangilones humanos de la noria encargada de la perdurable circulación de la materia».

Además de comerciantes y traperos, entre los habitantes del barrio «predomina el elemento obrero del ramo de la construcción», aunque «también hay allí domiciliados algunos funcionarios de Madrid».

Artigas señala también varias estadísticas que hablan de la relevancia del barrio, como los cerca de 7.000 contribuyentes o las 545.000 pesetas a las que ascendían los presupuestos del municipio, y aborda un problema, el de la urbanización de las calles, que 94 años después sigue padeciendo el distrito: «En Tetuán, el Ayuntamiento hace esfuerzos por urbanizar a la población, aunque no lo logra. En el presupuesto actual hay consignados 15.000 duros para conservación y pavimento de calles. Eso no es suficiente». El Consistorio había además pedido a Fomento que adoquinara el eje principal del barrio, «que es a quien incumbe hacerlo, pero no ha sido atendido».

Así, «la desatención del Estado y la incapacidad económica del municipio de Chamartín son causas de que las calles, como la carretera, con algunas excepciones, sean barrizales en tiempo húmedo y depósitos de humo en los de sequía». A esto había que sumar otro «factor negativo decisivo en cuanto a higiene», como era «la falta de una red de alcantarillado que permita la evacuación de todos los residuos orgánicos». Unas obras, tanto del suelo como del subsuelo, que «sólo pueden realizarse al amparo de grandes potencias económicas como el Ayuntamiento de Madrid, y son las que en primer término abogan por la anexión de la municipalidad de Chamartín», reflexiona el periodista, para quien la integración es un destino «evidente». Más aún en el caso del barrio: «Sorprende que no sea todavía municipio madrileño (…). Tetuán hace el tiro de Chamartín, pues apenas los separan dos kilómetros, y la urbanización tiende, naturalmente, a soldar las dos poblaciones que forman Ayuntamiento».

Unas afueras para Madrid

Para finalizar, Artigas explica además la previsible anexión por la «necesidad» de que Madrid tenga unas afueras «para desahogo de su población y para solaz de los espíritus. Ha venido creciendo, según expresión de Larra, como el chocolate en la chocolatera, hacia arriba. Tiene que crecer en extensión y no en altura. La urbanización de esos pueblos les atraerá habitantes, lo cual se traduce en nuevos edificios (…) y nuevos agentes de consumo, que quiere decir más comercio e industria. Madrid, en fin, no seguirá bloqueado por unas fronteras de depósitos de inmundicias, de lagunas pestilentes, ‘lugarón de Castilla –como decía Fernández de los Ríos al mediar la pasada centuria–, sin afueras, sin arrabales, sin cercanías, sin campiña, sin porvenir’».

Tal era la predicción del periodista, pese a que aún tendrían que pasar 22 años, hasta 1948, para que Chamartín de la Rosa –y con él, nuestra barriada– se anexionara al municipio madrileño, y siete más para que Tetuán adquiriese su propio estatus como distrito, independiente ya de su antigua adscripción chamartinera.



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