El Barrio de Patolas y la calle San Germán: el oscuro sumidero del cólera

A finales del XIX la vía que divide Cuatro Caminos y Castillejos era una ‘isla’ insalubre


La calle de San Germán marca la intersección entre los barrios de Cuatro Caminos y Castillejos, y es además, en su parte más oriental, uno de los enclaves de mayor nivel adquisitivo de Tetuán. No siempre fue así: desde finales del siglo XIX y hasta bien entrado el XX, esta vía inconclusa acogía una de las mayores bolsas de pobreza de cuantas proliferaban en los extrarradios de la capital. Un espacio lúgubre e infecto, foco de epidemias y donde se asentaba el barrio de Patolas, que consta ya en el plano de Madrid de Facundo Cañada (1900) y que desaparecería con la urbanización de la zona, transcurrida la mitad del siglo pasado.

Por entonces la calle arrancaba en la actual Bravo Murillo, si bien sus edificaciones se cortaban en seco al poco de comenzar la vía, dejando una extensión pelada de casi el doble de superficie, hasta que, más allá, aparecían las construcciones de Patolas. Esta barriada de en torno a medio centenar de vecinos se llamaba así por el tejar del mismo nombre que había en sus inmediaciones, y venía a ser otro núcleo de características rurales cuya miseria se hacía más patente al establecerse en las proximidades de lo urbano, un caso similar al de Las Carolinas, otro “archipiélago de cochambre” próximo a Bravo Murillo.  

Patolas se establecía en el cruce perpendicular de San Germán con la calle de Orense, antigua vereda de Postas, que contaba entonces con un trazado sinuoso, mucho más irregular que el actual rectilíneo, y que comenzaba en el paseo de Ronda –actual Raimundo Fernández Villaverde– y transcurría a esta altura por zonas de campo, huertas y edificaciones aisladas. Más hacia el este, todo eran ya caminos rurales, quintas de recreo o fincas como la de “Villa Rosa”, donde tiempo después se construiría el Estadio de Chamartín.

“Lugar de las desdichas” y el cólera

En 1885 el periodista Julio Vargas se adentra en los suburbios hacinados de un Madrid azotado por la epidemia de cólera, desde las Cambroneras hasta las Injurias, donde accede a las chabolas, habla con los vecinos y “aspira el insoportable hedor de la inmundicia”. La crónica, publicada como serie en El Liberal, y luego en forma de libro –reeditado hoy por la editorial La Felguera–, tiene un solo capítulo que alude a la periferia norte: la calle de San Germán.

Al periodista le cuesta encontrar la vía, a medio kilómetro de Cuatro Caminos y pegada a la Carretera de Francia, “formando esquina con la fábrica de pan de La Ceres”. Cuando lleva recorridos unos metros, la vía simplemente desaparece más allá de un edificio de ladrillo denominado el Convento Viejo. “Desde este caserón, en adelante, la calle es puramente imaginaria. Un extenso sembradío intercepta la alineación, que a través de varios barrancos reaparece a doscientos metros de distancia para terminar en una tapia de fábrica que forma la cerca del tejar llamado de Patolas”. Apoyada en el límite de aquella cerca hay una línea de cuatro casuchas “de humildísima apariencia”, de piso bajo y “con mezquinos y sucios corralillos en la parte posterior”.

El día es de tormenta, y Vargas se fija en la llegada del “carro de los muertos”, tirado por caballos y que lleva a los hombres de La Funeraria. Allí narra el “terrible y doloroso drama que se estaba desarrollando junto a la cerca del tejar”, con un joven de 23 años fallecido y varios familiares contagiados de cólera, “también con los dolores de la muerte”.

Prosigue en “aquel lugar de desdichas”, y desde una taberna cercana hace una composición del lugar: “Al frente, el barranco; a la derecha el corral del Jorobado, criadero de cerdos, que viven entre montañas de basura; a la izquierda, la Vereda de Postas, erial lleno de baches y barrizales; a alguna distancia, hacia el norte, el Canalillo, aguas de que se surten los cuarenta vecinos de que consta aquel desprendimiento del barrio de los Cuatro Caminos”. Se refiere al “canalillo sur” o “acequia este” del histórico canal abierto de riego –la acequia norte entraba por la Dehesa de la Villa y se extendía hacia el oeste–, construido en 1868 para aprovechar las aguas sobrantes del abastecimiento a la capital. Este conducto regaba huertas y tejares de esta parte de la ciudad, rodeando por el norte el antiguo Hipódromo y lo que un siglo después sería Azca, y bajando de nuevo hacia el sur.

Julio Vargas despide el reportaje señalando la miseria, el hacinamiento y la ausencia absoluta de higiene como factores que “ha aprovechado” la epidemia para extenderse, si bien admite que “el cólera tenía ya poco que hacer en aquel foco horroroso de infección situado al extremo de la calle de San Germán”.

Ni un farol de petróleo

El historiador Carlos Hernández Quero, en su tesis  El desborde de la ciudad liberal: cultura política y conflictos sociales en los suburbios de Madrid (1880-1930), también habla de Patolas como de “una de las zonas más desangeladas y peor comunicadas de Cuatro Caminos”. Lo hace al hilo de una noticia aparecida en 1900 –justo 15 años después del artículo de Vargas–, donde se describe San Germán como una calle de un solo acceso, “falta por completo de urbanización” y en la que, para llegar hasta sus casas, los vecinos “tienen que sortear toda clase de obstáculos en forma de terraplenes, barrancos y sinuosidades que dan un aspecto pintoresco al terreno”.

El vecindario de Patolas llevaba tiempo “solicitando humildemente” y sin éxito al Ayuntamiento que iluminara las calles, cuya orografía y falta de pavimento ocasionaba continuos percances, al no disponer “de un solo farol de petróleo”, artilugio que incluso para entonces estaba ya desfasado en el resto de la capital. “No piden [...] los desheredados vecinos de las calles de San Germán, Nueva y Orense vigilancia, policía urbana, condiciones de vida moderna; nada de eso, fuera pedir gollerías. Limítanse a solicitar fuel, aunque sea de los desechados faroles de petróleo que debe tener la Villa en sus almacenes”, añade la nota.

Patolas se mantendrá en el distrito hasta bien entrado el siglo. En 1929 aún figura como fondo de saco de San Germán en el plano del Ayuntamiento. Poco después, en 1933, se construiría en la misma calle el Centro Escolar Emilio Castelar –que durante la dictadura se denominó Víctor Pradera, y actualmente, Instituto de Enseñanza Secundaria Jaime Vera–, un singular edificio racionalista y con criterios higienistas que incluso contaba con piscina cubierta y solárium.

Urbanización y olvido

Durante las siguientes décadas se llevaría a cabo una paulatina urbanización de la zona, hacia el paseo de la Castellana, especialmente durante los 50 y 60, en las que entidades como Renfe o el Patronato de Casas Militares levantaron numerosas edificaciones. También comienza el trazado y construcción de varias vías interiores “que dejan un plano regular en su mayor parte, con espacios verdes, y una nueva avenida en dirección oeste-este [General Perón], prolongación de las calles Ávila y Juan de Olías, y otra amplia en perpendicular hacia el norte”, relata Adelaida Checa Sánchez en Evolución del plano de los barrios de Cuatro Caminos y Castillejos. En esta época también se endereza el trazado de la calle de Orense. En 1953, San Germán pasa a renombrarse calle del General Yagüe, hasta el año 2017, que recuperaría su antigua denominación.

Tetuán adquiriría en 1955 estatus independiente respecto de Chamartín, y Patolas sería propuesto como denominación de uno de los 10 barrios en que se dividiría el distrito. La idea finalmente no prosperó y Tetuán quedó repartido en cinco barrios –por entonces, Cuatro Caminos incluía el actual barrio de Castillejos, hasta su escisión en 1970–.

En 1966 se inaugura la parroquia de San Germán de Constantinopla, en el mismo cruce con Orense donde décadas atrás se había asentado la barriada y que significaba el fin de la calle. Para entonces, la vía ya estaba unida con la Castellana –entonces Avenida del Generalísimo– y estaba rematada por el edificio del Ministerio de Información y Turismo –hoy, de Defensa–, en los terrenos de la llamada Quinta de los Ángeles. La desaparición y el olvido de Patolas estaba a punto de materializarse: las chabolas y los vertederos habían dado paso definitivo a los bloques residenciales altos y a la modernidad, que se plasmaría de forma rotunda muy cerca de allí con la urbanización del último solar disponible, el de Azca, y la primera construcción de aquella manzana: el centro comercial de El Corte Inglés.


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