Suso33: “Todos los niños dibujan y bailan, y yo es algo que no he dejado de hacer”

Artista urbano multidisciplinar, Medalla al Mérito de Bellas Artes, y tetuanero


No es Tetuán un barrio conocido por sus grandes artistas y, sin embargo, existe uno que comenzó hace 40 años pintando muros con “los reyes del Mambo” en las destartaladas tapias de Ventilla, y hoy expone en museos como el Reina Sofía o el Thyssen. Amigo del pintor Antonio López y del cineasta Carlos Saura, Suso 33 pasó décadas iluminando nuestras calles con su firma, sus “plastas” y sus “ausencias”, y sigue haciéndolo en todo el mundo con su polifacético arte. También en el barrio. La Fundación Canal cuelga estos días dos magníficas obras suyas en su exposición sobre arte urbano, y recientemente le concedieron la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes, aunque confiesa que su mayor orgullo es ser reconocido por la gente “y que me hayan dedicado más de 30 canciones de rap”. Después de años de “persecución” periodística, este referente del street art nos abre la caja de su nostalgia, y surgen a borbotones los recuerdos de un barrio y una ciudad que “le tira mucho”, y que pronto le dedicará la exposición monográfica que merece.

Acabas de pintar un mural en la India y el cierre de una farmacia en Tetuán. Menudo cambio...

Sí, lo de la India fue un proyecto con la Agencia de Cooperación Internacional, y otro en Pinos Alta, que fue fabuloso, porque pasaban madres de amigos que me reconocían por lo que estaba pintando. Es muy cerca de donde nos juntábamos, en el “parque de los caracoles”. En esas calles empezamos con los Reyes del Mambo, que fue un grupo de referencia del grafiti en Madrid y en España, y que formamos Sice, Jabo (Spy), Eduone, que el pobrecito falleció en verano, y yo.

¿Cómo surgieron aquellos Reyes del Mambo?

Nos conocimos por el graffiti, que fue una cosa apasionante para la gente de finales de los 80 y principios de los 90. En esa época toda la Ventilla era un descampado, y la gente más joven nos veía como una alternativa artística a otras cosas que había, muchas malas.

Aprovechasteis que el barrio estaba medio a hacer para decorarlo.

Totalmente. Todo el paseo de la dirección y Ventilla, porque especialmente ocurrió en lo que ahora es la avenida de Asturias. Era en una zona degradada y olvidada, estaban construyendo las torres Kio y la ciudad empezaba a cambiar. El paisaje era distópico y la gente del barrio nos recibía como algo positivo, nos sacaban bebidas o nos metían en sus casas a comer.

Había un montón de solares, de vallas, de casas derribadas. Realmente, el barrio estaba olvidado de la mano de Dios, y claro, que llegasen unos chavales y se pusieran a pintar unos murales chulos y coloristas, pues lo agradecían. En 2003 rodamos allí el documental Aerosol, que estuvo nominado a los Goya, y se ve cómo estaba toda esa zona.

¿En qué parte del distrito te criaste?

Por la zona del Artimueble, un poco metido ya en el paseo de la Dirección. Vivía con mi madre, que tenia una peluquería en el piso, y a la vez estaba compartido con un policía, un taxista... luego estuve bastantes años en Hierbabuena y en Carlos Rubio. También recuerdo las fiestas de la Bomba, en el paseo de la Dirección, cuando sacaban las mesas para comer y se cortaba la calle, o la panificadora Pambu.

¿Lo tuyo fue pintar desde el primer momento?

Todos los niños garabatean, dibujan y bailan, y yo es algo que no he dejado de hacer. Siempre tuve inquietudes artísticas, innatas y plásticas, pero entonces no había información ni acceso a dónde formarse, lo tenías que hacer tú y yo encontré algo maravilloso que es el arte urbano. Cuando coges el primer spray es mágico, te sientes un superhéroe de barrio, que va lanzando su telaraña con ambas manos, porque además yo soy ambidiestro.

Eso tiene también su historia.

Una historia fea, aunque al final he conseguido utilizarlo a favor. Yo era zurdo y lamentablemente me tocaron los últimos resquicios de la gente que en eso veía cosas malas. Me ataban la mano, y tuve que aprender a utilizar la otra. Eso me produjo tartamudez y ensimismación y me llevó a expresarme por medio de lo que podía. Si tartamudeas se ríen de ti, así que yo dibujaba. Así me comunicaba y me he comunicado toda mi vida, por medio del trazo.

¿Cómo fue evolucionar desde el tag con tu nombre hasta las “ausencias”?

Sí, de las letras pasé a la “plasta”, que es como un icono del grafiti, una mancha de pintura, de suciedad, con cara de sorpresa, que encajaba en espacios donde la firma no, se podía poner en esquinas, en vertical... era como una mancha de pintura que se lanzaba.

A raíz de eso me dio por dialogar más con los espacios, los rincones, y así llegaron las ausencias, que cada vez eran menos intervención y más poner en valor el lugar, el contexto. Al ser además de tamaño áureo son casi como un “yo estuve aquí”, una sombra proyectada de un cuerpo que ya no está, un rastro.

Muchas de esas ausencias aún pueden verse en el barrio...

Pero muchas, porque las hice durante muchos años. Sobre todo de manera autónoma, es decir, sin permiso, pero siempre con respeto, porque la mayoría están en ventanas o puertas tapiadas, o en casas que se tiran y queda el solar con la ausencia en lo que fue la habitación de la casa. Yo veía todo eso muy poético. Ese proyecto surge aquí.

¿Cuándo te diste cuenta de que podías vivir de tu arte?

Yo he trabajado desde niño, y al principio era más artesano. He pintado escenografías de teatro mucho tiempo y tengo el oficio de pintor tradicional, de brocha. También trabajé en los Estudios Buñuel de Plaza de Castilla. Poco a poco fui pudiéndome dedicar cada vez más a lo personal, pero ha sido muy progresivo.

Recuerdo cuando éramos niños y vendíamos videojuegos en el rastro de Marqués de Viana. Yo hacía los carteles, y con lo que ganábamos comprábamos pintura. También montamos La Ilegal, que fue la primera tienda de grafiti de Madrid, en el paseo de la Dirección. Lo hacíamos para conseguir pintura a un precio asequible, no ganábamos casi, pero fue un sitio de referencia. Ahora toco muchos palos: la fotografía, el comisariado, el videoarte, he hecho videoclips para Alejandro Sanz o Jota Mayúscula.. voy investigando en diferentes campos.

¿Con cuál de todos tus éxitos te quedas?

A pesar de las medallas y los museos, para mí el mayor reconocimiento es que me saluden cuando vengo aquí, o que me hayan dedicado más de 30 canciones de rap. Eso es respeto, consideración. Es que formas parte de una cultura, y eso no lo puedes comprar. De eso sí me siento orgulloso, porque es sincero, y no tiene que venir nadie a decir si vales o no.

Una de tus grandes actuaciones en Tetuán es el mural de la plaza de Leopoldo de Luis. ¿Cómo fue aquel proyecto?

Casualidades de la vida, porque yo había intervenido allí un montón de veces, cuando aún no existía la plaza, según fueron desapareciendo las casitas bajas. Las ausencias vienen de esos lugares en desuso, aparentemente muertos que para mí están llenos de vida, porque allí ocurrían cosas. Fue una experiencia fascinante, la verdad. Estuve allí con Carlos Saura para el documental Las paredes hablan y le encantó. Han pasado ya 13 años desde que se hizo y se ha ido desgastando, adquiriendo otra lectura, otro valor con el paso del tiempo, pero creo que admite una revivencia. Ya he imaginado incluso cómo podría hacerlo. Lo tengo en mente.

¿Crees que el arte urbano se se ha domesticado?

Sin duda hay una especie de arte urbano ahora más domesticada, es una palabra muy interesante, pero el street art y el graffiti siempre va a existir, eso no va a acabarse, y yo juego con un pie en uno y con un pie en otro. Yo sigo trabajando mucho de manera autónoma, de modo furtivo. Es lo que me aterriza y lo que llevo haciendo toda la vida, siempre con respeto. Toda la serie de ausencias es una interacción muy respetuosa con el espacio público, con una intención de poner en valor y de dar amor.

Por último, ¿qué estás preparando en estos momentos?

Estoy con varios proyectos de comisariado a nivel internacional, pero además ya puedo decir que se va a montar una gran exposición sobre mi obra en Centro Centro. Y es precioso, porque yo hice mis primeras exposiciones en centros culturales del Barrio del Pilar –también gané un concurso de pintura rápida en el 89, y me encargaron el cartel de las fiestas–, cuando no sabía nada del mercado ni de galerías. Y ahora llegar al gran centro cultural del Ayuntamiento me aporta mucho, porque me devuelve a mis orígenes, es cerrar el círculo. Yo me siento muy implicado con Madrid y ese simbolismo me parece muy bonito. Además, me van a dedicar la planta principal, la sala más grande. Pero será para después de verano del año que viene.


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