Mientras yo callaba…

Siento un profundo desconsuelo tras despedirme de mi hija, mi adorado bebé. También siento furia. Furia por saber que la he perdido para siempre. Furia por no haberla podido ayudar. Por eso, necesito escribir esta carta donde contaré lo esencial, lo que no me puedo callar.
Aquel día pensé que iba a ser muy feliz, pero me equivoqué. Al abrir los ojos me dieron la peor de las noticias que una madre puede recibir. En ese mismo instante no me salieron las lágrimas, pero entré en una profunda conmoción e incluso convulsioné. En cuanto se pasó el efecto de los calmantes desperté de aquella salvaje vivencia y solicité verla.
Con lágrimas en los ojos, la recibí sin vida en mis brazos, la abrace, la besé y le dije lo mucho que le amaba. Sólo nos vimos una única vez, nos despedimos y nunca más volvimos a vernos.
Mientras estaba en silencio en aquella habitación, escuché auténticas estupideces por parte de personas de aquel hospital, desde que no sabían lo que había sucedido, que me animara a tener un nuevo hijo (acababa de perder a mi bebé), que si me sentía culpable, que ellos desean conocer la verdad de lo que realmente sucedió esa noche…
Al llegar a casa no escuché ninguna estupidez, pero el dolor se hizo más profundo, sentía que una parte de mi vida me la habían quitado, aunque no podía ni con mi alma tenía que disimular, porque mi primera hija me necesitaba y darle explicaciones de algo que no tenía más que una explicación como era que la muerte de nuestra pequeña era el resultado de un mal trabajo ejecutado en aquel hospital.
Aun así continué adelante e inicie una batalla judicial. Mi inquietud y mi afán en la búsqueda de la verdad me impulsa a continuar adelante, más cuando escucho decir por parte de las personas que estudian esta causa judicial, desde que mi hija no tenía ningún problema de salud, que su fallecimiento fue por retraso en la realización de la cesárea, que si allí ven muchas negligencias (acaso esta persona clave en la investigación está afirmando que mi caso es una negligencia).
Todo esto es lo que vivo cada día desde hace 29 meses, no a diario, pero a menudo escucho sandeces, pero ya no estoy en silencio, y ya no permito que me digan más estupideces.
Animo, e invito a todos a que procuren la sensatez y la prudencia. ¡Volverse sensato es un proceso largo!
Esto le puede suceder a cualquier persona, sea en Tetuán, Chamberí…


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