Todos los medios de comunicación informaban de la muerte de José María Cruz Novillo el pasado 2 de mayo, y recordaban al diseñador que modernizó la imagen gráfica del país, realizó identificables logotipos y tuvo los mayores reconocimientos y premios; por lo tanto, no tengo ahora que abundar en ello. Lo que tengo que hacer es referirme a lo más próximo, esto es, al “territorio Tetuán” y a lo personal, porque, además de tener su estudio en Bellas Vistas, Cruz Novillo dejó en este distrito dos obras muy representativas, pero desafortunadas, pese a su singular creatividad.
Una de ellas, ‘Triple ángulo cilíndrico’, desaparecida, componía una imagen icónica, en la base de la Torre Picasso en AZCA. Ocurren percances como este, al estar al albur de la propiedad privada, pues en realidad era el logotipo de la empresa Portland Valderribas. La otra, tan imaginativa, trabajada y querida por su autor, está en el paseo de la Castellana, 183; es la sede del Instituto Nacional de Estadística (INE), ahora quebrantada por desprendimientos e inundaciones, que, resiliente, espera su restauración y podrá mostrar su espectacular fachada, la instalación de láminas de colores ‘Diafragma dodecafónico de dígitos’, que representan datos estadísticos básicos de todo el país, y también una partitura musical.

La exploración sobre la música me remite a lo que sería para él una vivencia inolvidable, como lo fue para mí y para nuestro amigo común Fernando Romero, que nos citamos para el acontecimiento, su toma de posesión como académico de Bellas Artes, el 24 de mayo de 2009. Aquella escena, en la que José María Cruz Novillo, según el solemne ritual, avanzaba hacia el estrado escuchando en los acordes del órgano su propia obra sinestésica, y nos hizo un breve gesto de saludo, no se olvida. Él recogió su medalla corporativa, sección de Nuevas Artes de la Imagen, y leyó su magistral y original discurso.
A lo largo de estos años se encontraba muy cómodo con los compromisos y con los compañeros de la institución, especialistas en otras artes, que tanto le gustaban, sobre todo la escultura. No es tan conocida esa dedicación como también a la pintura, que expuso en varias galerías de Madrid, de España y hasta en la Bienal de Sao Paulo. Me viene a la memoria una vivencia, algo imprecisa, pero inolvidable, de una de aquellas ferias de ARCO de los años 90, celebradas en el Palacio de Cristal de la Casa de Campo, siendo su directora Rosina Gómez Baeza, y yo un colaborador en su publicidad.
En la víspera de la inauguración, en el impresionante espacio casi vacío, con los stands ya instalados, tuve que acompañar a Cruz Novillo con la directora, en deferencia muy especial, hasta donde él exponía (probablemente la Galería AELE Evelyn Botella), para comprobar la correcta colocación de sus esculturas articuladas. Tal era su exigencia y también su empatía.
Estos son unos recuerdos del momento, porque la obra de Cruz Novillo es inmensa, categórica y muy reconocida; valga el ejemplo del catálogo LOGOS, que la librería británica Counter Print editó en 2016, con más de 300 originales.
Afortunadamente, tendremos la oportunidad de comprobar una muestra de esa prolífica creatividad, en la exposición del próximo otoño en Centro Centro, ya programada con anterioridad y comisionada por Pepe Cruz Jr., del que también habría mucho que contar, no sólo como responsable ahora del legado de su padre, también de su propia actividad como arquitecto activo, docente y además buen vecino.



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