Un paseo por el Madrid fúnebre de Mariano José de Larra: lugares y momentos en la vida de ‘Fígaro’

Se cumplen 190 años de su célebre artículo ‘Día de los Difuntos 1836’


En el Madrid del trasiego diario, es difícil pensar en la muerte. Es una especie de anatema. El propio ritmo de la ciudad, marcada por sus horas punta, sus trasbordos, sus semáforos, la campana escolar que avisa del inicio de las clases, la pantalla que anuncia el tiempo estimado del metro, el recordatorio de una reunión a mediodía, la llamada desde la consulta del dentista para confirmar una cita... Pareciera que la ciudad mantiene un plan secreto para mantenernos bien vivos y hacer lo posible para que el que habita en la ciudad no caiga en la cuenta de que su tiempo aquí y ahora es un bien escaso y finito.

Puede ser que por la inercia propia de las últimas hojas del calendario, y con la llegada del Día de los Santos y de Todos los Difuntos, los madrileños vuelven a acoger un año más la arraigada tradición española de cumplir con la correspondiente visita a sus familiares en el cementerio. Flores para el recuerdo de los que ya no están.

Pero si hay una figura de Madrid que haya estado vinculada a la muerte, esa fue la del escritor Mariano José de Larra y Sánchez de Castro. El autor romántico de primeros del siglo XIX reflexionó sobre la muerte en numerosas etapas de su vida e hizo partícipes a sus lectores de la visión nihilista que tenía de su experiencia vital. Sin embargo, uno de sus artículos más célebres fue la narración que publicó justamente un día 2 de noviembre y que se titulaba ‘El Día de Difuntos de 1836’. El texto relata un itinerario melancólico y pesimista del autor por las calles de Madrid, mientras hace una crítica punzante e inteligente del poder institucional, de la monarquía, del estamento eclesiástico, de una nación abocada a la tragedia. Con la excusa de acercarnos al Madrid turbulento de comienzos del siglo XIX, proponemos en estas páginas varias paradas singulares que tienen a ‘Fígaro’ (pseudónimo con el que firmaba como articulista y por el que era muy reconocido en Madrid), como protagonista y vecino de una ciudad que lo conmemora en este Día de Difuntos desde hace 190 años: “Dije yo para mí: ¿dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro? [...] El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio. Pero vasto cementerio donde cada casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cineraria de una esperanza o de un deseo”.

Primera parada: casa de nacimiento y muerte de Larra

Según los biógrafos del escritor, Mariano José de Larra nació en casa de su abuelo paterno, Antonio Crispín de Larra, administrador de la Casa de la Moneda. Tanto la Casa de la Moneda como la casa que ocupaba la familia se encontraban, uno frente al otro, a ambos lados de la calle de Segovia, en su tramo final, cerca de la ya desaparecida Puerta de Segovia. En la actualidad, se encontraría cerca de los jardines debajo del Viaducto de Segovia. La casa de infancia de ‘Fígaro’ ha sido un lugar consagrado y asociado a la muerte. Por ejemplo, se menciona una escena en ‘Luces de Bohemia’, cuando Max Estrella le dice al personaje de don Latino. “Llévame al Viaducto. Te invito a regenerarte con un vuelo”.

Sin embargo, la casa donde puso fin a sus días estaba en la calle de Santa Clara, número 3. Es conocido el trágico final de Larra, suicidándose tras una sucesión de eventos turbulentos en su vida personal, en su visión de la situación social y política de España en aquellos años, sumados a la experiencia del desamor que provocó una crisis existencial insoportable en el autor, que hizo que se quitara la vida a los 28 años.

Actualmente hay una placa conmemorativa en esta casa de Santa Clara, que dice lo siguiente: “En esta casa vivió y murió don Mariano José de Larra, ‘Fígaro’. Nació el 24 de marzo de 1809. Murió el 13 de febrero de 1837”.

Segunda parada: estatua de Larra

Desde el Viaducto, continuando por la calle de Bailén, en el margen derecho se encontraba la vieja iglesia de Santa María de la Almudena, situada en la actual esquina de la calle Mayor con la de Bailén, frente a los Consejos (actual edificio del Consejo de Estado). Aquí se encontraba el busto de Larra, que posteriormente tuvo que desplazarse, hasta ubicarse hoy en día enfrente de la Catedral de la Almudena por las obras del Viaducto. Se trata de un busto realizado en bronce, que data del año 1930, realizado por el escultor Perdigón.

Tercera parada: Iglesia de Santiago

Siguiendo nuestro recorrido fúnebre, la Iglesia de Santiago desempeñó su papel en la biografía post mortem de Larra, ya que su cadáver fue depositado en la cripta de la iglesia, mientras las autoridades eclesiásticas deliberaban si permitían enterrar el cuerpo de un suicida en un camposanto. Al parecer, las influencias de las que disponía el escritor, contando con importantes amistades entre escritores, diputados, abogados o ministros, pudieron hacer que la Iglesia madrileña aceptara un muerto tan excepcional. Fueron numerosos los ilustres nombres que pasaron por la cripta para despedirse de Larra, entre ellos está el cronista de la Villa de Madrid, Ramón Mesonero Romanos, que fue gran amigo de ‘Fígaro’ y uno de los últimos en verlo con vida. También escritores como Pérez Galdós o el escritor José Zorrilla visitaron la cripta. Este último rememora la escena en sus ‘Recuerdos del tiempo viejo’: “Bajamos a la bóveda, contemplamos al muerto, a quien yo veía por primera vez, a todo nuestro despacio, admirándonos la casi imperceptible huella que había dejado junto a su oreja derecha la bala que le dio muerte…”.

Cuarta parada: Palacio Real

Larra se refirió al Palacio Real como “el esqueleto inmenso de los siglos pasados”, “vasto cementerio”, o “la tumba de otros esqueletos”. Poseía por aquel entonces una visión de decepción por la vida política española, donde los gobiernos se sucedían, así como los conflictos y conspiraciones entre las diferentes facciones políticas (liberales, liberales exaltados, liberales progresistas, absolutistas, constitucionalistas, carlistas…), alzamientos populares, y el cuestionado papel de la monarquía, con la regente María Cristina en aquel momento. Hay que recordar que Larra había conseguido un acta de diputado por Ávila, tras las elecciones de julio de 1836 y que finalmente lo acabaría perdiendo tras el Motín de La Granja, que destituyó al gobierno moderado. Todo esto mina el ánimo del escritor, que no ve esperanza en el porvenir político de España y ahonda su crisis vital en los meses posteriores.

Quinta parada: Cárcel de Corte

“Aquí el pensamiento reposa, en su vida hizo otra cosa”. Larra critica la falta de libertad de expresión, un tema muy recurrente en sus artículos. La cárcel es el Palacio de Santa Cruz, que hoy en día es la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores. Según la tradición, los condenados a muerte salían por la calle de Santo Tomás (se conocía como “calle del Verdugo”) para ser llevados a la Plaza de la Cebada, lugar de las ejecuciones en la época de Larra. Es interesante ver cómo en artículos de ‘Fígaro’, como el de ‘Un reo de muerte’, el autor se opone a la pena capital. La cárcel es un escenario que aparece en varias obras de Larra y sus personajes fueron apresados en sus instancias por causas políticas, fruto de la situación tan turbulenta. Un buen amigo de Larra, José de Espronceda, fue hecho preso en 1834. Pío Baroja noveló este pasaje, ya que tenía vínculos con Espronceda. Otro personaje famoso de la época que ingresó en la cárcel fue el general Riego, héroe liberal, que fue arrastrado por un asno por las calles, hasta llegar a la Plaza de la Cebada, donde fue ejecutado a garrote vil.

Sexta y última parada: un corazón roto

Sin el escaño, con dificultades para escribir en el periódico, debido al enfrentamiento con su director por desavenencias en la trayectoria política de Larra, la situación se hace insostenible. Vive separado de su esposa, Pepita Wetoret, la cual cae enferma en aquellos días. Para más inri, la relación con su amante, Dolores de Armijo, no mejoraba, estando ella casada con José María Cambronero, teniente de caballería, que acababa de ser destinado a Filipinas. Dolores ha decidido acompañarle y cita a Larra para darle la noticia. Aprovechará para devolverle las cartas de amor que venían intercambiando. Tras escuchar de su boca semejante decisión y despedirse del escritor, la mujer, en su camino a abandonar la casa de Santa Clara, escucha un estruendo tremendo a sus espaldas. Una deflagración que resuena en el aire de un lunes de Carnaval. Es el 13 de febrero de 1837 y Mariano José de Larra, el famosísimo y deprimido ‘Fígaro’, ha decidido poner término a su vida: “Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos. ¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro”.

[Fragmentos extraídos de la obra ‘Paseo literario por el Madrid de Larra’, de Carlos Herrero Álamo. Ediciones La Librería. Madrid. 2009].


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