La abuela Carmen, un clavel rojo de arte y gitanería

Un libro rescata la apasionante vida de esta tetuanera


Ha bailado y recitado en los mejores tablaos de España, acompañado a artistas como Camarón, Paco de Lucía o Isabel Pantoja; ha sido musa de pintores y escultores, y suyas son las formas de la Minerva que preside desde hace 55 años el Círculo de Bellas Artes. Pero Carmen Jiménez Vargas recela de los homenajes y reconocimientos: “Me da lache” (vergüenza), dice. Así es la figura y el genio de la abuela Carmen, una tetuanera que en breve cumplirá 79 años y cuyo nieto, Daniel Janoher de Vargas, rinde homenaje en Claveles rojos, Carmen, un libro que publicará próximamente gracias a un proyecto financiado por un crowdfunding con la editorial Libros.com y que ya ha superado su objetivo inicial.

Carmen Jiménez Vargas nació el 28 de septiembre de 1940 en la calle de San Felipe, en el barrio de Tetuán, aunque pronto se mudarían a Pensamiento, 28, donde su familia construiría una chabola. “Mi abuela nació con estrella”, explica Daniel. “Su padre, mi bisabuelo, era ‘El Pili’, un cantaor famoso que desde pequeño había cantado en todos los colmaos de Madrid, en compañías como las de Pilar López o Antonio”. Un día, siendo aún muy joven, un pintor del barrio la encontró cogiendo agua en la fuente cercana, con un cántaro y una lila en el pelo, y le dijo: “Niña, te quiero pintar”. Aquello obviamente necesitó la aprobación de ‘El Pili’, pero al final se hizo, y el cuadro ganó un premio del Ayuntamiento. “Los pintores y bohemios siempre se fijaron en mi abuela, y ahí empezó todo. En aquel jurado estaba Domingo Huetos, que contactó con ella para que fuera a su estudio, y poco a poco fue posando para muchos artistas”.

Además de musa de Huetos, también posó para Cruz Herrera o Torres Isunza, que le hizo dos esculturas, aunque quizá lo más extraordinario fue que el artista Juan Luis Vassallo se fijara en su figura para crear la monumental Minerva que desde los años 60 corona la azotea del Círculo de Bellas Artes. “Es ella, y nadie lo sabe, pero a mí siempre me contó la historia del escultor, del día que se hizo, de cuando la subieron… lo recuerda todo”.

Del Villa Rosa a la Venta de Vargas

Pero La Vargas no sólo posaba. “Ella es rapsoda flamenca, recitaba en los tablaos a Lorca y a otros del 27, y también ha sido autora de sus propios espectáculos. Comenzó en el Villa Rosa, bailando con mis tías, luego a mi bisabuelo se le ocurrió darle una poesía, y desde entonces se dedicó a eso. Ha trabajado en Torres Bermejas, en Casa Patas, en la Taberna del Gallo, en Sevilla, o en la Venta de Vargas, en Cádiz, en todos los tablaos que se puedan imaginar”.

Con 27 años, partió de Tetuán hacia Benidorm con un contrato bajo el brazo, pese a que ni siquiera sabía entonces que tenía ya la suficiente edad para firmarlo. Desde allí mandaba dinero a su madre y hermanas, y las llamaba por teléfono a La Invencible, una tienda que había en la calle de María de los Ángeles, hoy desaparecida. A los siete meses volvió, ya con el mando de su carrera: se casó y se mudó a Hortaleza, donde ha pasado la mayor parte de su vida, hasta que hace unos años regresó a Tetuán.

La vida de Carmen ha sido intensa, pero ella es “sencilla y humilde”, relata su nieto. “Cuando quisieron presentar su candidatura a los Premios Enrique Maya, me dijo: ‘Y para qué quiero yo un premio. A mí me da lache”. El pasado 21 de junio se organizó una noche flamenca benéfica en la que participó toda la familia. Todo lo recaudado irá para la edición del libro, cuya publicación se espera para este otoño.

De pequeño Daniel apenas prestaba atención a las anécdotas de su abuela. Por eso hoy, activista por los derechos del pueblo gitano y las minorías étnicas, ha querido con Claveles rojos, Carmen hacerle “el regalo más grande” a una persona “que ha roto moldes en la época que ha vivido”, pero cuya historia es “como la de tantas mujeres gitanas, invisible y apartada”, explica. “Carmen es uno de esos claveles por rescatar y reconocer. Luchó por sobrevivir, y en esa lucha hizo una gran aportación anónima al mundo”.

Hoy, Carmen Jiménez Vargas vive en un piso de protección oficial en Mártires de la Ventilla, una zona que ella recuerda “porque de niña sus padres no la dejaban ir”. Vive sola y se apaña bien, “aunque tiene arriba a dos primas hermanas, que no la dejan casi nunca. Ya sabes cómo somos”, concluye el orgulloso nieto de esta artista que ha luchado tanto como ha vivido, y que al fin recoge un trozo de la fama que merece.

 



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