Limpiar, sí; despertar a los vecinos, ¿también?

Esta madrugada, a las 5:45 horas, dos operarios de limpieza recorrían la calle Olite, en el distrito de Tetuán, utilizando sendos sopladores de hojas. A ello se sumaba el camión de limpieza que circulaba por la calle. El resultado: un estruendo suficiente para despertarnos a quienes vivimos allí y, probablemente, a buena parte del vecindario.

No cuestiono que Madrid tenga que estar limpia. Al contrario. Quienes vivimos en Tetuán sabemos perfectamente que la limpieza de nuestras calles es mejorable. Vemos a diario basura acumulada alrededor de los contenedores, suciedad en determinadas esquinas y zonas que necesitarían una atención mucho más constante. Muchos vecinos y vecinas, además, hemos trasladado estas quejas en alguna ocasión.

Tampoco cuestiono el trabajo de los operarios. Todo lo contrario: hacen una labor necesaria y, en muchas ocasiones, durísima y poco agradecida. Mi queja no va dirigida en absoluto a quienes están en la calle trabajando de madrugada, sino a quienes deciden cómo y cuándo se organiza el servicio.

La propia normativa municipal considera el periodo comprendido entre las 23:00 y las 7:00 horas como horario nocturno y establece límites acústicos específicos, exigiendo adoptar las medidas necesarias para reducir al mínimo la perturbación de la tranquilidad ciudadana.

Por eso me pregunto: ¿era realmente necesario utilizar dos sopladores y una máquina de limpieza a las 5:45 de la mañana en estas calles residenciales?

A veces se argumenta que “es lo que hay” o se sugieren soluciones individuales como los tapones para dormir. Pero la convivencia también implica que los servicios públicos se organicen teniendo en cuenta el descanso de quienes viven alrededor. Y sí, entiendo que los trabajadores no pueden pasar las horas de mayor calor realizando ciertas tareas, y que hay que evitar las horas punta de tráfico o la entrada a los colegios. Pero entre esas franjas extremas y las cinco y cuarenta y cinco de la madrugada existen muchas horas del día en las que se puede operar sin someter a los vecinos al ruido de esta maquinaria cuando la inmensa mayoría aún duerme.

En calles estrechas como las de Tetuán, el ruido se amplifica entre las fachadas y llega fácilmente a las viviendas, incluso con las ventanas cerradas. ¿Es inevitable que estos servicios se presten así o existe margen para organizarlos de una manera menos invasiva para quienes viven alrededor?

No se trata de elegir entre un barrio sucio o un barrio ruidoso. Se trata de exigir algo tan básico como sentido común en la planificación: que la limpieza de la ciudad y el derecho al descanso de quienes vivimos en ella sean totalmente compatibles.

Quizá el Ayuntamiento y las empresas adjudicatarias deberían revisar rutas, horarios y tipos de maquinaria en las primeras horas de la madrugada, especialmente en zonas residenciales. Por eso, deberían explicar públicamente qué criterios se utilizan para establecer estos horarios y qué medidas se aplican para minimizar el impacto acústico de estos trabajos durante el horario nocturno. Porque si la normativa contempla expresamente que los servicios nocturnos deben minimizar las molestias acústicas, cabe preguntarse si utilizar sopladores de hojas a las 5:45 de la mañana en una calle residencial es la única opción posible.

Conciliar la limpieza de nuestras calles con el derecho al descanso no debería ser una utopía, sino una exigencia básica de convivencia.

Queremos un barrio limpio. Pero también queremos poder dormir.


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